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Encontré un sapito en una caja de bombones que compré en el supermercado. Los cachetitos de su trasero se apoyaban cómodos en el borde de uno de los huecos que contenía los chocolates, por lo que imagino que uno se habrá comido para estar descansando allí. No puedo estimar desde hacía cuánto reposaba en el huequito, pero sí diré que se lo veía muy apacible y con muy pocas intenciones de salir. Después de observarlo por un rato, amarilla decidí tomar el bombón que se encontraba al extremo contrario de la caja porque no quería de ninguna manera molestar al pequeño, ni mucho menos provocar su huída. Para sorpresa de nadie: ni se inmutó. Y como siguió durmiendo la siesta decidí comerme otro bombón. Y otro más. Y uno más. Al quinto comencé a dudar de que el sapito estuviese realmente vivo, claro, no lo había visto moverse en ningún momento desde que despegué la tapa.

Entonces lo toqué con la punta de mi dedo índice, su textura patinosa de terciopelo húmedo me dio escalofríos, pero logré comprobar que se encontraba durmiendo. Después de un leve movimiento de párpados y de un bostezo tierno, volvió a acurrucarse en el hueco. Parecía no molestarle mi presencia así que seguí y uno por uno, me fui comiendo los bombones que quedaban a su alrededor. En unos pocos minutos no hubo más ninguno y el sapito permaneció sin enterarse de absolutamente nada. ¿Qué iba a hacer con una caja de bombones vacía y un pequeño sapo de tiernos traseros, durmiendo en ella? Pensé en regresar al supermercado a reclamar la ausencia del bombón y aprovechar la situación para devolver al animalito a donde se suponía que lo encontré, pero ya no tenía pruebas para demostrar nada.

De pronto comencé a sentirme extraña.

Inició en cada una de mis extremidades un hormigueo espantoso que se extendió hasta llegar al centro de mi pecho, ofuscado por una sensación que se parecía mucho al vértigo, aunque también un poco a una insólita nostalgia. Observé mi mano y vi cómo se agrandaba cada vez más y se alejaba del resto de mi brazo hasta finalmente recuperar su forma normal y cuando volví a atender a mi alrededor, no era mi mano la que había cambiado, sino que me había encogido yo entera y tenía ahora el mismo tamaño que el sapo. Trepé por la silla hasta llegar a la mesa, y lo ví observándome desde la caja con mirada amarilla. Estuvimos unos eternos segundos casi intuyendo lo que pasaría. ¿Habría estado el maldito esperándome? Me moví entonces con cautela, no podía quedarme así. El animalito notó mi movimiento y sentí sobre mi cabeza la pegajosidad de su lengua, cerré fuerte los ojos y me quedé tiesa otros eternos segundos más. Cuando abrí los ojos de nuevo mi tamaño era el habitual. El pequeño sapito ya no estaba allí.